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Florencia Ramondetta, la amenaza de lo pequeño
por Betina González

 

Flor me pide que escriba sobre sus cuadros. Hay uno que me acompaña en mis inviernos de Pittsburgh. Es una casa llena de ojos. Una invasión naranja que me rescata de la nieve, un cielo chorreado de burbujas y una escalera que no promete ni manda. Está allí, rotunda. 

 

Todos los cuadros de Flor insisten. No nos dejan seguir. Hay que pararse. Revisar. Mirar de nuevo en el cajón donde creíamos haber guardado el veredicto, resuelto la ecuación de los estilos: ni real ni maravilloso ni naif ni post diseño abstracto malabar figurativo post parto palabrita cataclismo. Nada nos sirve. Hay que borrar y volver a empezar. También yo debo volver a empezar. Al fin y al cabo, ella me lo pide.  Porque eso pasa siempre que un lenguaje quiere hablar de otro. Lévi-Strauss dice que cuando la palabra interpela a la música, cojea. Hay que ser un verdadero intérprete para hacer estallar el mundo de Flor en una página que sólo contiene letra muerta. De todos modos, voy a intentarlo.

 

Los cuadros de Flor son pura insistencia. O la insistencia de la pureza. Escaleras que conducen a casas endebles y sin embargo todopoderosas. Un pez gigante que nada en mi techo y podría derrumbarlo. Un árbol que huye vuelto mediodía. La vigilia de un fuego infantil y tramposo en el que se suicidan mariposas. ¿Qué decir de esa insistencia? Ojalá yo pudiera pisar con mis palabras esa tierra a la que Florencia va a buscar sus cuadros. Claro que no puedo. Pero tal vez las de Alejandra Pizarnik ayuden “La verdadera revolución consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Por ahí. Sí. Por ahí la mirada de Florencia. Por ahí debe ir también la nuestra. Llegamos exhaustos del mundo, de la calle, de las ideas mediocres, de las ideas geniales, de las ideas absurdas, de las academias y de la geografía; llegamos cansadas de los diarios, de las biografías y de las metáforas militares con las que los artistas creían despertarnos; llegamos hartas de las pantallas y de las teorías, de las señoras que compran arte, del arte que compra señoras, de las demasiadas palabras que hemos visto, oído, leído y tragado.  Y de pronto, la rosa.  La que no podés dejar de mirar. Se llama no y se llama sí. Se llama sí y no. La rosa es eso que insiste en los cuadros de Florencia Ramondetta. Es esa imposibilidad de cerrar los ojos.

 

Yo he visto a ese mundo, al mundo de Florencia Ramondetta, crecer siempre con el mismo talento y con la misma obsesión por la luz de lo menor desde que ella era muy joven. Sé que ha pintado con los materiales que tenía a la mano, con toda suerte de oscuridades, de combates y de abrazos. Por eso, estas telas no explotan ni exclaman. Te tragan directamente. Como los ojos de los niños. O mejor todavía, como esa inocencia falsa que los niños ensayan tan bien frente al espejo. Niños monstruos. Espantosos, por posibles y naturales. Telas en las que insiste La pregunta. Cada uno que le de la forma que le convenga: ¿Y el mundo, qué? ¿Era éste mi corazón? ¿Adónde fui mientras vivía?¿En algún lugar existiré en mayúsculas?¿Y nosotros, qué? ¿Podré mirarlo a los ojos? ¿Acaso estábamos muertos y no nos avisaron?

 

Yo prefiero no ponerle ninguna forma a las preguntas de estos cuadros. Prefiero dejar que me destruyan con su miniatura. Flor es una artista que nos destroza pintando lo pequeño, porque sólo en lo pequeño volvemos a mirar con algo parecido al amor a lo humano.

 

 

 

 

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